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LA SOLIDARIDAD, PIEDRA ANGULAR DEL PRÓXIMO MUNDO

COLUMNA POR HILDE VERNAILLEN

DIRECTORA GENERAL DEL GRUPO P&V

MIEMBRO DE ESS FORO INTERNACIONAL


La pandemia de Covid-19 lleva ya más de un año. En el momento de escribir este artículo, más de 120 millones de personas se han visto afectadas por el coronavirus en todo el mundo, y más de 2,7 millones han muerto. Las consecuencias sanitarias, sociales y económicas de la pandemia son ya dramáticas y se dejarán sentir durante muchos años.

La magnitud de la pandemia y la velocidad de su propagación han sorprendido a los ciudadanos, a los expertos científicos y a los dirigentes políticos. La gravedad y el resurgimiento del virus han conmocionado a toda nuestra sociedad. La epidemia ha desafiado muchas de nuestras certezas, hábitos, normas y comportamientos.

Por muy dramática que sea, la epidemia de Covid-19 también ha dado un nuevo impulso a la solidaridad. Con demasiada frecuencia se ignoraba, incluso se burlaba, pero ahora se destaca, se respeta y se revitaliza.

La crisis de Covid-19 fue un recordatorio de la importancia de la solidaridad pública y de los mecanismos de protección social. Son estos mecanismos públicos los que garantizan el acceso a la asistencia sanitaria básica para todos los individuos, un acceso rápido cuando la situación médica lo requiere, un bajo coste para el paciente y una atención igualitaria independientemente de la riqueza o el lugar de residencia. Esta solidaridad institucional también ha permitido, en muchos Estados, proporcionar ingresos de sustitución a todas las personas que han perdido su empleo, temporal o definitivamente, como consecuencia de la recesión económica y de los cierres de empresas necesarios para controlar la propagación de la epidemia.

La actual pandemia también ha provocado la aparición, reaparición y desarrollo de multitud de actos de solidaridad ciudadana. Los aplausos de los residentes en las ventanas de los edificios, destinados a dar las gracias a los profesionales sanitarios durante la primera contención, se han extendido por todo el mundo: de la India a Italia, de Canadá a Nueva Zelanda, de los Emiratos Árabes Unidos a Colombia, de Tailandia a Turquía, de Israel a China. Los aplausos crearon una fuerte solidaridad simbólica entre los ciudadanos y sus cuidadores, luchando juntos para vencer la enfermedad.

Han surgido otras formas de solidaridad ciudadana activa en el seno de las familias, en círculos de amigos, entre vecinos o para los más vulnerables al coronavirus. Han adoptado la forma de servicios de entrega a domicilio de productos de uso cotidiano, lecciones de ejercicio físico en línea para mantenerse en forma durante los periodos de reclusión, clases de cocina para realizar con los hijos o tutoriales de bricolaje de todo tipo.

La pandemia ha animado a los ciudadanos a consumir más localmente, a frecuentar los pequeños comercios de proximidad, a favorecer los productos alimentarios procedentes de circuitos cortos, en definitiva a hacer elecciones económica, social y ambientalmente responsables.

Muchas empresas y universidades han puesto en marcha programas internos que promueven la escucha mutua para garantizar la salud mental de trabajadores y estudiantes.

No hay duda de ello. Estamos experimentando un raro impulso a favor de la solidaridad. Aprovechémosla para generalizar, a largo plazo, una visión respetuosa y benévola del mundo.

Nadie sabe hoy cuándo o cómo se producirá el llamado próximo mundo o la nueva normalidad. Pero asegurémonos, ahora mismo, de que este próximo mundo desarrolla, profundiza y fomenta nuevas formas de solidaridad.

¿Y quién mejor que las empresas de economía social para liderar esta apasionante batalla? Su pericia, experiencia y conocimiento del terreno les da la legitimidad para mostrar el camino a seguir. No esperaron a la crisis actual para materializar un compromiso que prioriza el interés colectivo sobre el beneficio individual. No han esperado a la crisis actual para preocuparse por las consecuencias sociales y medioambientales de cualquier actividad económica.

Lo mismo ocurre con el movimiento cooperativo. Los principios cooperativos establecidos por la Alianza Cooperativa Internacional responden a las aspiraciones, a menudo expresadas por la sociedad civil, de un gobierno corporativo más democrático, transparente y responsable en el mundo.

Los actores de la economía social y solidaria y del movimiento cooperativo deben redoblar sus esfuerzos para informar y convencer de la validez de su modelo. Deben dirigirse en primer lugar a los jóvenes empresarios y creadores de empresas, a los estudiantes de las facultades de economía, derecho o ciencias aplicadas, y a los trabajadores que quieren -por obligación o por deseo- reorientar su carrera. Deben dirigirse a todos aquellos que están construyendo o construirán el mundo del mañana y que pretenden hacer de él un mundo más justo y equitativo. Los actores de la economía social y solidaria y del movimiento cooperativo deben mostrarles que las herramientas para construir un mundo solidario existen, que funcionan y que sólo hay que utilizarlas más.

A una escala aún más amplia, tenemos que replantearnos los indicadores que guían nuestras sociedades. Hoy en día, los gobernantes se centran en el crecimiento económico y el PIB para juzgar la salud de un país.

Hace tiempo que algunos reconocen la necesidad de ampliar los criterios de orientación de la sociedad. El concepto de Felicidad Nacional Bruta, por ejemplo, que mide el nivel de felicidad y bienestar de los ciudadanos, está consagrado en la Constitución de Bután desde 2008.

Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, y Mahbub ul Haq, por su parte, hicieron una importante contribución a la elaboración del Índice de Desarrollo Humano, que se utiliza, entre otras cosas, en el Informe anual sobre Desarrollo Humano que publica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y que clasifica a 160 países según este indicador.

Una sociedad no puede conformarse con las tasas de crecimiento económico y el PIB para orientar su futuro. Un desarrollo armonioso requiere el uso de un índice compuesto que incorpore múltiples criterios, incluidos los sociales y medioambientales. La esperanza de vida saludable, la renta per cápita y la escolarización son criterios relevantes para medir el progreso de nuestras sociedades, al igual que la eficacia de las medidas adoptadas para combatir la pobreza.

Del mismo modo, a la luz de los retos sociales y medioambientales actuales, el cálculo del valor de un bien o servicio no puede reducirse a la remuneración del trabajo y el capital invertidos, sino que debe tener en cuenta una serie de indicadores de prosperidad y bienestar relacionados con todas las partes interesadas. Estos indicadores macroeconómicos deben tener en cuenta, entre otras cosas, lo que se produce pero también lo que se destruye para permitir la producción de un bien o la prestación de un servicio.

Como vemos, los retos de la crisis post-coronavirus serán numerosos. Este horizonte abre nuevas perspectivas para construir una sociedad más justa y solidaria.

A nosotros, actores de la economía social y solidaria y del movimiento cooperativo, que tenemos estos valores en el corazón, nos corresponde hacerlos crecer y triunfar.